Día 3 (2026) – Pernús a Valdediós: cocina abierta, bosques con lluvia interior y un rey que eligió este valle para morir – Etapa 19 del Camino del Norte
Hoy ha sido una de esas etapas que superan todas las expectativas. Salida desde Pernús, parada técnica en Villaviciosa y desvío por la variante del Camino Primitivo para terminar en el Monasterio de Valdediós, a unos 9,5 km de Villaviciosa. Un día con de todo: orbayo asturiano, un despiste monumental siguiendo a una peregrina rubia y uno de los enclaves más espirituales que me he encontrado en todo el Camino del Norte.
La cocina de Carmen
La salida no pudo ser mejor. Carmen, la dueña de La Casona del Fraile, me lo puso muy fácil: libertad total para entrar en su cocina a las siete de la mañana y hacerme el desayuno yo mismo. No he podido evitar tomarme muchas tostadas con mantequilla y dos cafés. Me fui con las pilas puestas. No se podía empezar el día de mejor manera.
La España vaciada y una joya prerrománica
Lo que me aguardaba después de Pernús era La Vega, La Llera y unos montes preciosos de lo que muchos podemos entender como la España vaciada, que aún no ha tenido ganas de restaurarse. Uno no ha tenido tanta paz como hoy en mucho tiempo.
Y en ese contexto de silencio y campo abierto aparece la Iglesia de San Salvador de Priesca, espectacular. Fue consagrada en el año 921 y es considerada el último gran ejemplo del arte prerrománico asturiano, construida cuando Alfonso III ya había muerto y la corte se había trasladado a León. A diferencia del Conventín de Valdediós, no fue patrocinada por ningún monarca, sino por un sacerdote llamado Juan, lo que la hace aún más singular. En su interior se conservan restos de pinturas murales de más de mil años de antigüedad y una misteriosa cámara sobre el ábside central a la que solo se puede acceder desde el exterior, cuya función exacta sigue siendo un enigma. Hoy forma parte del Patrimonio Mundial de la UNESCO como bien individual del Camino del Norte.
El orbayo, el bosque y el señor del coche
Después llegó la llovizna, el orbayo del que ya hablé en la etapa anterior. En ese tramo me crucé con un señor mayor que me lo explicó de nuevo con toda la paciencia del mundo, y que encima se ofreció a llevarme en coche hasta Villaviciosa. Le dije que no, muy agradecido, claro.
Desde la aldea de Los Casares cambió totalmente el entorno y me adentré en un bosque frondoso con un punto algo tenebroso para ser un día de lluvia y soledad absoluta. Lo curioso es que, bajo los árboles, lo que escuchas no es el orbayo en sí, sino las gotas acumuladas en las ramas que caen sobre las hojas del suelo. Parece que está lloviendo dentro del bosque. Una sensación muy curiosa.
Villaviciosa y el despiste épico
Ya después el camino fue bordeando carretera, muy agradable y con poco tráfico, hasta llegar a Villaviciosa, donde hice una parada técnica para tomarme un pincho de tortilla de patatas exquisito y comprarme una empanada para el almuerzo en el monasterio.
Lo que vino después tiene su gracia, aunque en el momento no tanta. No sé si fue una llamada de teléfono o un despiste, pero me puse a caminar detrás de una peregrina alemana rubia y, cuando me di cuenta, me había desviado completamente de la ruta hacia el monasterio. Por suerte, en ese momento miré a la derecha y vi una indicación en la carretera que llevaba al mismo destino. La cogí rápido, pero me sumó unos 3 o 4 km de más. Cosas del Camino.
Valdediós: el Valle de Dios
Y entonces llegué. Y mereció todo el rodeo.
El Monasterio de Valdediós se encuentra en un valle rodeado de robles y castaños centenarios, a unos 9,5 km de Villaviciosa. El nombre lo dice todo: los monjes cistercienses que llegaron en el siglo XIII rebautizaron este lugar, conocido antiguamente como el valle de Boiges, como el Valle de Dios, Valdediós.
El conjunto monumental tiene dos partes inseparables. Por un lado, el Conventín, la Iglesia de San Salvador mandada construir por el rey Alfonso III el Magno alrededor del año 875, consagrada el 16 de septiembre del 893 ante la presencia de siete obispos, entre ellos los de Santiago, Lugo, Astorga y Zaragoza. Fue la última gran obra del arte prerrománico asturiano, el retiro elegido por el propio Alfonso III cuando sus tres hijos, García, Ordoño y Fruela, le depusieron del trono en el año 909 y le obligaron a recluirse aquí. Un rey que gobernó hasta el río Duero, terminó sus días en este valle silencioso. No es un mal sitio para hacerlo.
Por otro lado, tres siglos después, Alfonso IX y su esposa Berenguela fundaron junto al Conventín el Monasterio de Santa María la Real, de estilo cisterciense, que cuando se terminó fue la iglesia más grande construida en Asturias hasta la edificación de la Catedral Gótica de Oviedo.
Hice una visita guiada espectacular por todo el conjunto. Fran, el hospitalero, cordobés e historiador, nos contó con generosidad la historia y el contexto del lugar y tuvo además el detalle de abrirnos las puertas de la zona en la que antiguamente el pueblo oraba mientras observaba a los monjes en la nave principal de la iglesia. Un regalo.
En un momento de la visita por los jardines del monasterio caminé conscientemente, poniendo atención en cada pisada sobre las piedras del camino. En ese instante me acordé de mi amiga Alina y de cuando tuvimos la oportunidad de vivir juntos un retiro espiritual de mindfulness en la Cartuja de Cazalla, en Sevilla, y practicamos exactamente esto. El Camino tiene esa capacidad de traerte recuerdos en los momentos más inesperados.
La cena en comunidad
Esta noche he compartido el albergue con Joshua, al que le hablé de este destino ayer en un minuto mientras caminábamos y que sobre la marcha cambió su plan para venir aquí; con Marco; y con Manuel, un madrileño muy simpático. La cena fue en comunidad, preparada en el propio albergue del monasterio. Exactamente lo que esta etapa merecía.
Cierre
Hay etapas del Camino que te sorprenden por lo que ves. Las de hoy me ha sorprendido por lo que sientes. Un valle que un rey eligió para su destierro, que unos monjes llamaron el Valle de Dios y que hoy, más de mil años después, sigue teniendo esa capacidad extraña de detener el tiempo. He llegado con un desvío de más, unos kilómetros extra y los pies cansados. Me voy a dormir con la sensación de que este ha sido, por ahora, el mejor día de la fase.











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