Día 4 (2026) – Valdediós a El Berrón: el árbol hueco, la ermita que daba pan a los peregrinos y un camino en absoluta soledad – Etapa 20 del Camino del Norte

La mañana de hoy ha comenzado igual que terminó la tarde de ayer: de una forma bastante mágica y espiritual. Despertarse mirando al Monasterio de Valdediós es un regalo que no todo el mundo tiene. Desde ahí, una etapa que llevaría a Pola de Siero como destino oficial, pero que yo alargaría 4,5 km más hasta El Berrón, donde tenía el alojamiento. Un día largo, en soledad casi absoluta, con algún que otro regalo inesperado por el camino.

Marco y su película del Camino

Antes de salir, pude compartir un rato de desayuno con Marco, el peregrino alemán al que no mencioné en el post anterior pero que merece su espacio. Marco está grabando contenido de todo su Camino para elaborar una película documental. Una forma de vivir la peregrinación que me parece fascinante. Sin duda me encantará conocer el resultado final cuando esté terminada.

La subida al Alto de la Campa y el árbol hueco

Lo primero que me esperaba al salir de Valdediós era una buena subida de más de 300 metros de desnivel para calentar las piernas, hasta llegar al Alto de la Campa, el punto más alto de la etapa. Y allí, en la única casa que hay en ese alto, me encontré con uno de esos detalles que hacen grande este Camino: los dueños habían dejado dentro de un árbol hueco una jarra con agua, unas ciruelas y un mensaje amigable para los peregrinos, invitándolos a reposar y descansar tras la dura subida. Son de esas cosas que uno no se espera y que traen una gratitud enorme y un sentimiento difícil de poner en palabras.

Figares, Pedrosa, Sariego… y el bosque que llueve por dentro

Tras el alto, el camino discurrió por pueblos como Figares, Pedrosa, La Vega, Sariego y Aramanti, entre una mezcla de carretera comarcal rodeada de prados y senderos que se internan por los bosques. Un paisaje precioso y en absoluta soledad. Hoy puedo decir que apenas me crucé con ninguna persona más allá de algún vecino asomado a su casa.

Al entrar en el bosque que bordea el llamado Río Seco, a la ladera de la cresta del Picu Castiellu, volvió a aparecer el orbayo. Y de nuevo la sensación curiosa de la que ya hablé en la etapa anterior: bajo los árboles, lo que escuchas no es la llovizna directamente, sino las gotas acumuladas en las ramas que caen sobre el suelo de hojas. Parece que está lloviendo dentro del bosque. Una experiencia que solo se entiende viviéndola.

La Ermita de Nuestra Señora de la Bienvenida

Y de repente, al salir del bosque, el regalo más agradecido del día: la Ermita de Nuestra Señora de la Bienvenida, en un claro entre robles y castaños centenarios, junto al castro del Picu Castiellu.

Su nombre no es casual. Cuenta la tradición que en la cercana aldea de Vega existió un antiguo monasterio cuyo prior tenía la costumbre de salir a recibir a los peregrinos que llegaban caminando hacia Santiago por esta ruta. Les daba la bienvenida con una libra de pan y un jergón de hojas de maíz para que pudieran descansar. De ahí viene el nombre de la ermita: un gesto de hospitalidad medieval que los siglos han convertido en advocación. Se dice además que la puerta de la ermita estuvo abierta día y noche durante mucho tiempo, precisamente por su función de refugio para los caminantes. Hoy en día sigue siendo un punto obligado del Camino del Norte y escenario de romería anual. Encontrársela en mitad del bosque, sin haberla buscado, tiene algo de milagroso.

Un camino en soledad acompañada

Hoy el camino ha sido en solitario casi de principio a fin. Pero he de decir que he tenido la suerte de compartirlo con algunas llamadas de teléfono con familiares y con mi amigo Antonio Tate, con quien he estado charlando largo y tendido y que me ha hecho la jornada mucho más amena. A veces la compañía no necesita estar físicamente en el camino para acompañarte de verdad.

Cierre

Mañana me espera una jornada de no más de 15 km hasta Oviedo, lo que se considera una etapa corta. Pero corta en kilómetros no significa menor en intensidad: Oviedo merece tiempo y atención, y tengo pensado dedicarle el día al turismo que se merece. Por hoy, me quedo con el árbol hueco del Alto de la Campa y con una ermita que lleva siglos dando la bienvenida a los que pasan. Hay lugares que no necesitan explicación. Solo hay que llegar a ellos caminando.

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