Día 7 (2026) – Muros del Nalón a Playa del Silencio: tortilla de pimientos, pies en el río y el albergue que lo cambió todo – Etapa 23 del Camino del Norte

Hay etapas del Camino que uno no espera. Esta fue una de ellas. Salida desde Muros del Nalón con destino al Albergue Playa del Silencio, en Castañeras, unos 25 km que sobre el papel sonaban a etapa larga y sin más. Lo que vino después fue otra cosa.

La salida y la Playa Concha de Artedo

A las 7 de la mañana ya estaba andando. Mis compañeros habían salido diez minutos antes, pero tenía la certeza de que les daría encuentro en algún punto del camino. La etapa discurría entre aldeas pequeñas con mucho colorido y, en algunas de ellas, villas al estilo indiano, algo ya muy característico de este Camino del Norte.

El primer regalo llegó pronto: la vista de la Playa Concha de Artedo. Un auténtico regalo para los sentidos, de esos que te recuerdan por qué merece la pena madrugar.

La tortilla de Soto de Luiña

Tras pasar por los pueblos de Mumayor, Beiciella y Celedón, llegamos a Soto de Luiña para la primera parada técnica: un refresco y, lo que resultó imposible rechazar, una tortilla de patatas con pimientos. Una auténtica maravilla. Creo que hablo por todos cuando digo que cada bocado supo a un manjar. Es eso que pasa en el Camino: lo sencillo se convierte en un lujo.

Eucaliptos, hórreos y pies en el río

Después pasamos por Albuerne y Novellana, cruzando bosques en los que nos sorprendió encontrar mucho eucalipto, nada habitual en la vegetación asturiana. Fue nuestro compañero Alfonso, el asturiano del grupo, quien nos lo explicó con la naturalidad de quien conoce su tierra de primera mano. Una suerte tener a un local en el camino: entre otras cosas, nos enseñó también a diferenciar las paneras de los hórreos. Eso da para otro post.

Y en esos bosques llegó el momentazo del día: un pequeño río en el camino y una decisión unánime. Pies dentro. Un enfriamiento absolutamente sanador para los pies, la sangre y la hinchazón acumulada. De esos momentos que no se planean y que no tienen precio.

El Albergue Playa del Silencio

La llegada al albergue fue sobria: una apariencia sencilla, sin nadie a la vista para atendernos. Nada hacía presagiar lo que vendría después.

Todo empezó con Víctor, el hospitalero y dueño, que nos recibió con mucho cariño, nos invitó a entrar antes de lo previsto, selló las credenciales y nos fue explicando el lugar mientras avanzábamos. A medida que íbamos descubriendo cada rincón nos dábamos cuenta de que habíamos acabado en un paraíso. En la parte trasera del albergue, una zona de jardín chill out en la que disfrutamos de la comida: yo, por supuesto, con mi bocadillo de aguacate y bonito del norte en lata, algo que por lo visto no es lo más recomendable. Lo más recomendable, según nos dijo un pajarito, son las sardinas. Anotado.

La Playa del Silencio

Tras el descanso y las duchas tocaba ir a conocer la Playa del Silencio. Dudé un momento si ir o no, con el cansancio encima. Fui. Y fue un espectáculo absoluto: 20 minutos andando con una pendiente de casi el 50% para llegar a una playa de agua cristalina entre rocas, helada y paradisiaca. Todo esfuerzo tiene su recompensa, y esta fue mayúscula.

Allí conocí a Máximo, un chico suizo-italiano con una energía imparable, que cambiaría el tono de lo que quedaba de tarde y noche.

La cena, la guitarra y el atardecer con dron

La cena fue de las que se recuerdan. Varios peregrinos alrededor de la mesa, y Víctor con vino y todo lo necesario para hacer de aquello algo especial. Se unieron también Fanny, una chica francesa, y su tío Jacques. Buena conversación, buen ambiente.

En un momento de la noche, Fanny quiso bailar sevillanas como una sevillana. No me ofrecí a enseñarle, pero negocié: saqué una guitarra y toqué un poco, con toda la vergüenza del mundo, aunque creo que ayudó a engrandecer ese momento en el que todos estábamos tranquilos mirando el atardecer desde el jardín.

Después, varios nos unimos a Máximo para ver el atardecer y hacer un vuelo con su dron. Uno de los momentos más divertidos y emblemáticos del día, sin duda.

Cierre

No pude evitar sentir también algo de frustración y pena. Precisamente cuando encontraba personas con una energía especial era cuando mi camino llegaba a su fin. Por un momento me visualicé andando con ellos hasta Santiago, y creo que habría sido grandioso.

Y luego estaba Víctor. Mi curiosidad emprendedora no pudo evitar preguntarle por qué estaba allí y cuál era el origen de todo. La historia no podía ser más inspiradora: un chico con su vida resuelta en Valencia, funcionario, pero con el sueño de montar este lugar junto al mar. Y lo está consiguiendo, con una ubicacion estratégica única, un jardín, una casa rural y un food truck que pronto verá la luz. Para mí, Víctor ha sido en este Camino un ejemplo de constancia, humildad y tesón para conseguir lo que uno quiere en la vida. Como emprendedor y autónomo, valoro muchísimo a las personas que trabajan así por lo que quieren, sin que nadie ni nada les haya regalado nada. Un ejemplo.

Al día siguiente tocaron despedidas. Pero el viaje todavía no había acabado.

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